El hombre se levantó y se internó en el bosque de sauces llorones. A éstos ya despojados de toda esperanza y sueños, sólo le daban utilidades materiales. Él los explotaba, había perdido todo placer pero aprendió de la agonía. Su voz cobró fuerza. Encontró su luz y su oscuridad bajo un arroyo donde se iba a bañar. Su alma, en cambio, la tuvo que crear en noches de tormento y penitencia. Su pequeño anotador se había perdido muchas lunas antes, y el soñador se había quedado durmiendo en su subconsciente.
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