miércoles, 20 de octubre de 2010

Sobrevivir

  Caminado exploraba su bosque que cada vez le parecía menos suyo, un mundo nuevo y extraño capaz de mucha maldad que, a pesar de ser parte de él, aún no aceptaba. En sus andanzas divisó a una terrible bestia con ojos amarillos, su piel cubierta por unas callosidades negras y unas garras y dientes dibujados para matar. Su corazón se detuvo, y por primera vez sintió algo que no fue el paso del tiempo: esta energía que alentaba todo, lo hizo gritar y ganar fuerza con una velocidad que nunca creyó poseer. El  personaje corrió a más no poder, huyendo de la amenaza como si una voz interior, que ya tenía grabada desde el día en que entró al bosque; le repitiera que viviese. Cuando su perseguidor lo alcanzó, no hizo más que quedarse quieto frente a su agresor y él, aferrándose a su bolígrafo, símbolo de su inocencia; gritó. La bestia vestida de sombras lo atacó, él en un movimiento reflejo alzó su arma y la clavó en el tórax de la bestia. Ésta cayó al suelo escupiendo un líquido azul. Cuando la bestia se tornó en su forma humana, el hombre sintió un ardor terrible en el pecho: le había quitado la vida a un igual.
  Observó cómo este daba sus últimos respiros, su pelo oscuro, el sudor de su piel, las callosidades de sus pies desnudos, pero con más atención sus venas dilatadas por el miedo a morir. Con mucha suavidad se acercó al moribundo, y sintió el pulso en sus venas en el aire. Agarró su pierna y con mucha tentación se acercó a la zona pélvica, donde fuertemente mordió una arteria de la que salió un líquido azul y refrescante.
Allí, bajo la luna, el hombre, el explorador y caminante de su propio bosque; se perdieron para siempre, en los ojos de un asesino de sangre fría, que jamás volvería a ser el mismo.

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