miércoles, 20 de octubre de 2010

Inocencia

  Estaba el niño tendido allí. En un lugar donde sus sueños se hacían realidad y la verdad no era más que un suspiro. Un anotador en mano, el niño no pensaba, solo letras que volaban.
El niño seguía en su campo, con su bolígrafo, siempre escribiendo. En su corazón no había ni luz ni oscuridad, solo lo sentía como algo que estaba ahí, que no había otra realidad, no tenía alma, nunca tuvo oportunidad de rezar, no tenía voz es que jamás quiso hablar.
  Los garabatos poco a poco se convirtieron en palabras y éstas se volvieron dibujos. El joven estaba quieto, ya casi era un hombre, en su lugar donde el tiempo no pasaba; los sauces respiraban pequeñas chispas de esperanza y la noche eterna, como el mismísimo tiempo parecía terminar. No podíamos saber si había pasado un segundo o miles de años, pero todo seguía igual en el exterior, mas en el interior de su ser todo había cambiado. El niño, el joven, el garabatista, novelista y dibujante, ya habían muerto, y de sus cenizas nació el hombre que vemos hoy en día.

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